Sunday, July 29, 2007

Tuve varias veces el mismo sueño: estaba en la ciudad de México, y no podía encontrar mi casa. La ciudad era enorme, confusa, con calles que se cortaban y cambiaban de nombre y aunque trataba de acordarme al salir no podía encontrarla al volver y el taxi tampoco sabía, cuando conseguía. Si quería viajar en ómnibus era mucho más complicado, viajes largos y sin rumbo exacto y tenía que encontrar las paradas que eran muchas y nunca estaba segura de que fueran a donde quería ir (que tampoco tenía claro) o para el otro lado.

La semana pasada encontré la calle que buscaba, aunque no era mi casa. La calle se llamaba Tokio y se cruzaba con otra de nombre cambiante. Bajé del auto en el que estaba y caminé y memoricé bien en dónde estaba esa esquina. Pero lo curioso es que la casa era una especie de caja de ladrillo de tamaño apenas para un hombre, y descubrí ahí y en otros lados que la realidad de lo que veía el hombre que entraba era muy distinta: se imaginaba su realidad. Yo veía las cosas como eran: ruinas y formas orgánicas y grandes que se movían como caracoles sin cáscara.


Cuando volví al auto me di cuenta de que estaba en un futuro lejano. El taxi me llevó a mi tiempo, también el futuro, pero no tan lejano, y el paseo había sido de solamente unos minutos.