La semana pasada encontré la calle que buscaba, aunque no era mi casa. La calle se llamaba Tokio y se cruzaba con otra de nombre cambiante. Bajé del auto en el que estaba y caminé y memoricé bien en dónde estaba esa esquina. Pero lo curioso es que la casa era una especie de caja de ladrillo de tamaño apenas para un hombre, y descubrí ahí y en otros lados que la realidad de lo que veía el hombre que entraba era muy distinta: se imaginaba su realidad. Yo veía las cosas como eran: ruinas y formas orgánicas y grandes que se movían como caracoles sin cáscara.
Cuando volví al auto me di cuenta de que estaba en un futuro lejano. El taxi me llevó a mi tiempo, también el futuro, pero no tan lejano, y el paseo había sido de solamente unos minutos.

1 comment:
tus raíces, bien hundidas en la tierra, nunca dejan de dar flores.
gracias.
mónica y daniel
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