La mujer camina como en trance por un sendero apenas perceptible, más bien imaginario, que atraviesa parques con flores caníbales, bosques de colores salvajes y desesperados, selvas con monos, tigres y serpientes, y donde se oyen aullidos, gruñidos y el eco del viento, desiertos secos con camellos ocres y hombres azules, lagunas, ciénagas.Ella se salpica, se mancha, se desgarra, se descascara, se esparce, malgastada , su rostro va perdiendo la piel, su ropa hecha jirones flota alrededor suyo.
La mirada fija, casi ausente, va dejando atrás pedazos de su cuerpo: dedos, pelo, trozos de piernas, los pechos, el ombligo, la nariz, un ojo.
Sigue andando y cada vez es más transparente e invisible.
Antes arrastró valijas, libros, elefantes. Ahora ha ido dejando todo en el camino. Es como un destello que avanza dejando huellas blancas.
Poco a poco queda de ella sólo una línea de luz que apenas indica donde está su cuerpo. La luz se va confundiendo con el horizonte, es un leve sonido ahora, una brisa casi imperceptible, un perfume tenue.


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