No es Ulises, es no-Ulises. No sabe si se fue o no, si volvió, si estuvo en algún lado.
Es alegre y clara y lúcida , y todo le da risa, y también áspera, amarga y pesada como un elefante muerto. Antes arrastraba elefantes, sentía, y
no se daba cuenta de que el elefante era ella. Ahora es tal vez demasiado grande y gelatinosa, ella misma cargada pero no
arrastra nada, y a veces vuela y flota, o con rapidez de flecha se clava en todas las heridas que percibe y daña.
Las sirenas fueron hombres y a veces mujeres, ella buscando siempre en sus historias esa historia, la única, la que no
existe, y aunque sí está adentro de ella en la medido que adentro es todo, no puede contarse, no cuenta con los medios, no
hay palabras ni sonidos ni imágenes ni texturas ni colores ni vientos para desenterrarla.
Existen paisajes inauditos derivados de los paisajes que vio y vivió adentro y afuera. La lluvia patética de Paris
convertida en ácido y moco, la soledad del mar negro y metálico bajo la lluvia cálida de Gabón, con los ruidos de la selva del otro
lado, los monos, las bestias, los insectos gigantes que causaban filaria del alma, el aire que no refrescaba pero que
hinchaba y pudría. El sol visto arriba de las nubes de un avión, las nubes maravillosas en los vuelos, como torres y
minaretes, como montañas, como los castillos de Creta, como agua solidificada, las nubes de espeso material o livianas y
etéreas, el avión interrumpiendo su oscuridad ensimismada como el hombre atravesando a la mujer, siempre poco, siempre
torpe, siempre frágil y al mismo tiempo doloroso, siempre dejando una huella.
El santuario de Apolo donde ella alguna vez fue pitonisa y sigue siendo, envuelta en un humo gomoso y perfumado, dejando que
palabras sueltas transmitan sin saberlo en todo su espesor las verdades que ella no conoce, el futuro, el pasado, los mundos
paralelos, las opciones insólitas, las mareas ininterrumpidas que van y vienen y al venir inundan y enloquecen y al partir
dejan todo seco, resquebrajado, desgarrado de soledad.
Ningún paisaje de los cuadros, espacios más reales pese a todo pero nunca lugares donde pudiera depositar todo ese barro y
luz y materia extraña de ser lunar y solar y aislado de su entorno que nunca existió nada existió nunca más que ese vuelo o
viaje o cómo llamarlo, ¿muerte en vida? sacar lo de adentro como se hace con los cadáveres y ver un pedazo semiblando rojo y
negro aquí, algo innombrable, arrancado, de carne negra, de grasa amarilla, venas, piedras, cascajos, bichos, agua espesa como la de
la bolsa rota que cuidaba al hijo, color de aceite de auto y sangre.
Es alegre y clara y lúcida , y todo le da risa, y también áspera, amarga y pesada como un elefante muerto. Antes arrastraba elefantes, sentía, y
no se daba cuenta de que el elefante era ella. Ahora es tal vez demasiado grande y gelatinosa, ella misma cargada pero no
arrastra nada, y a veces vuela y flota, o con rapidez de flecha se clava en todas las heridas que percibe y daña.
Las sirenas fueron hombres y a veces mujeres, ella buscando siempre en sus historias esa historia, la única, la que no
existe, y aunque sí está adentro de ella en la medido que adentro es todo, no puede contarse, no cuenta con los medios, no
hay palabras ni sonidos ni imágenes ni texturas ni colores ni vientos para desenterrarla.
Existen paisajes inauditos derivados de los paisajes que vio y vivió adentro y afuera. La lluvia patética de Paris
convertida en ácido y moco, la soledad del mar negro y metálico bajo la lluvia cálida de Gabón, con los ruidos de la selva del otro
lado, los monos, las bestias, los insectos gigantes que causaban filaria del alma, el aire que no refrescaba pero que
hinchaba y pudría. El sol visto arriba de las nubes de un avión, las nubes maravillosas en los vuelos, como torres y
minaretes, como montañas, como los castillos de Creta, como agua solidificada, las nubes de espeso material o livianas y
etéreas, el avión interrumpiendo su oscuridad ensimismada como el hombre atravesando a la mujer, siempre poco, siempre
torpe, siempre frágil y al mismo tiempo doloroso, siempre dejando una huella.
El santuario de Apolo donde ella alguna vez fue pitonisa y sigue siendo, envuelta en un humo gomoso y perfumado, dejando que
palabras sueltas transmitan sin saberlo en todo su espesor las verdades que ella no conoce, el futuro, el pasado, los mundos
paralelos, las opciones insólitas, las mareas ininterrumpidas que van y vienen y al venir inundan y enloquecen y al partir
dejan todo seco, resquebrajado, desgarrado de soledad.
Ningún paisaje de los cuadros, espacios más reales pese a todo pero nunca lugares donde pudiera depositar todo ese barro y
luz y materia extraña de ser lunar y solar y aislado de su entorno que nunca existió nada existió nunca más que ese vuelo o
viaje o cómo llamarlo, ¿muerte en vida? sacar lo de adentro como se hace con los cadáveres y ver un pedazo semiblando rojo y
negro aquí, algo innombrable, arrancado, de carne negra, de grasa amarilla, venas, piedras, cascajos, bichos, agua espesa como la de
la bolsa rota que cuidaba al hijo, color de aceite de auto y sangre.











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